Grau, con hierro de espartano

“Cuando un hombre muere como murió Grau, con la espada del guerrero en la mano y la corona del mártir en la frente, dejando la estela luminosa que en lo porvenir ha de ser el sendero trazado a las nuevas generaciones; entonces sus aspiraciones, sus ideales y todo lo que fue en el fondo de su credo social y político debe ser mandato sagrado, norte infalible sobre el que la ingrata mano del olvido jamás debe pasar”, escribió Mercedes Cabello.

La novelista y feminista moqueguana recordaba que Miguel Grau Seminario fue invitado por el argentino Francisco Lagomaggiore, en 1877, como uno de “los hombres más eminentes de estas repúblicas sudamericanas”, para ser parte del volumen América Literaria, publicado en 1883. En él, el marino y político piurano escribió:

“Una misión importante y transcendental está reservada á la marina de nuestras repúblicas, el sostenimiento de su autonomía y de sus instituciones; cuando por principios y conveniencias aparezcan en un caso dado formando una sola nación, cuando una marina respetable, enarbolando el pabellón de la alianza haga prevalecer sus derechos, nada tendrémos entonces que temer; nuestros actos serán juzgados con la justicia que debe reinar en el mundo de la civilización y habrémos afianzado nuestro porvenir.

A la presente generación toca, preparar el camino de la preponderancia americana’”.

Grau era ya reconocido por la sociedad de su tiempo antes de inmolarse por la patria aquel 8 de octubre de 1879.

En la política

Tenía 42 años cuando ingresó a la cámara baja del Congreso de la República como diputado titular por la provincia de Paita. Integraba el Partido Civil y tenía mucha cercanía con su líder, Manuel Pardo y Lavalle. ¿Qué le unía con el político? Pardo era “un líder político y un notable hombre de letras, en el que se conjugaban un profundo idealismo y la pragmática visión del estadista”, escribió el historiador Teodoro Hampe. Para José Agustín de la Puente Candamo, en su monumental biografía Miguel Grau, “Pardo es el hombre que mayor influencia tendrá sobre Miguel Grau en lo que podríamos llamar –en términos amplios– asuntos sociales y políticos”.

l paso del titán por el Congreso fue breve. Al respecto, el historiador Raúl Porras Barrenechea describe las características de su desempeño político, que son las mismas que marcan su derrotero como hombre y militar:

“Asiste a las legislaturas de 1876 a 1878, alejado de la marina por suspicacias políticas en momentos decisivos para la defensa nacional, y en el desempeño de su función legislativa exhibe la misma sobriedad de gesto y de alma que en la milicia. Habla pocas veces, declarando que no conoce los usos parlamentarios y apoya gastos de magnanimidad y filantropía. […] Él y Lizardo Montero, los dos marinos ilustres y servidores del orden jurídico, votan la suspensión de las garantías individuales cuando Piérola subleva y secuestra el Huáscar, donde él hubiera querido ver flamear únicamente la bandera de la legalidad”.

De gloria y respeto

En el caso de nuestra historia hay pocas figuras que convocan igual respeto por intelectuales de distintas tiendas como la figura de Grau.

Manuel Atanasio Fuentes, ‘El Murciélago’, que no era muy dado a reconocer grandezas, se inclina ante él y escribe el 30 de agosto de ese año infausto de 1879:

“El Sr. Grau reúne, como pocos hombres, las condiciones que lo hacen merecedor a la estimación pública: hombre de buenas costumbres, de modales finos, moderado, sin otras pretensiones que las de llenar cumplidamente su deber; marino inteligente e instruido, valeroso en el combate, magnánimo y generoso en la victoria, ha podido, por su propio mérito, abrirse una honrosa carrera y llegar, en edad temprana, a una categoría en la cual puede prestarse más importantes servicios”.

Homérico y humano

“En el combate homérico de uno contra siete, pudo Grau rendirse al enemigo; pero comprendió que por voluntad nacional estaba condenado a morir, que sus compatriotas no le habrían perdonado el mendigar la vida en la escala de los buques vencedores”, escribió Manuel González Prada en sus Pájinas Libres (1894).

En su semblanza sobre el marino, el ensayista anarquista lo describe: “Sencillo, arraigado a las tradiciones religiosas, ajeno a las dudas del filósofo, hacía gala de cristiano y demandaba la absolución del sacerdote antes de partir con la bendición de todos los corazones. Siendo sinceramente religioso, no conocía la codicia –esa vitalidad de los hombres yertos–, ni la cólera violenta –ese momentáneo valor de los cobardes–, ni la soberbia –ese calor maldito que solo engendra víboras en el pecho–. A tanto llegaba la humildad de su carácter que, hostigado un día por las alabanzas de los necios que asedian a los hombres de mérito, exclamó: Vamos, yo no soy más que un pobre marinero que trata de servir a su patria”.

Grau, el caballero; Grau, el genio militar. Cualidades que fueron reconocidas por los propios chilenos en el momento mismo de la beligerancia. Benjamín Vicuña Mackenna dijo:

“Hubiéramos querido ciertamente tener al Huáscar; y no ha sido otra la ambición patriota de nuestras almas durante seis meses. Pero habríamos querido tenerlo con su Bizarro Jefe. Así como ha sido, nuestra victoria parécenos incompleta o más bien mutilada. Y el ufano monitor vencido entrando a las aguas de Mejillones sin el alma y sin el brazo que lo condujera al asalto, remolcado precisamente por el buque a cuya tripulación diera plazo magnánimo para salvarse hace tres meses, parécenos una sepultura encerrada dentro del glorioso trofeo”.

En 1946, cuando se inauguraba el famoso monumento a Grau en la plaza epónima en Lima, José Luis Bustamante y Rivero, entonces presidente de la República, dijo desde el estrado: “Miguel Grau tenía el temple de estos hombres superiores. Era el auténtico héroe del mar. Conocía la borras; y sus ojos, saturados de inmensidad, estaban hechos al panorama de lo infinito. […] Allí, en el mar, le sorprendió la guerra. Su nave era pequeña, pero indomable su coraje. Aceptó el reto del destino con flema de espartano”.

Marinero coraje

El historiador tacneño Jorge Basadre recuerda que el marino enseñó de la mejor manera qué puede enseñar un jefe: con el ejemplo. Solo con ello, logró las proezas a borde del monitor, construido en Inglaterra en 1865, de 67 metros de largo y 11 de ancho:

“Grau acabó haciendo del Huáscar no sólo el mejor barco de la marina peruana sino la espada única y el solo escudo del Perú que detuvo la invasión durante seis meses largos y ello fue porque no sólo Grau tuvo coraje sino además el don de organizar y disciplinar a los suyos, la destreza para tomar la iniciativa, el don para el mando sin los cuales la bravura mayor y los conocimientos más profundos pueden resultar estériles”.

Laureles

Ricardo Palma (1833-1919), muy ligado a la Armada y defensor de Lima durante la Guerra con Chile, se preguntaba: ¿A qué duelo profundo / llanto derramar sincero / si ya, con buril de acero, / grabó ese nombre la Fama / y el mundo la gloria aclama / del héroe y el caballero?

De los rapsodas, El cantor de América, José Santos Chocano (1875-1934), escribió hacia 1934, en vísperas del aniversario patrio:

Miguel Grau –Padre nuestro / que estás en las alturas–/ homenaje siniestro / para tí, es el que te hacen tantas almas impuras. […] Tú, que tan generoso / con tu adversario fuiste –tal Cristo en el Calvario– / no permitas que nadie perturbe tu reposo, / si no se muestra digno de ti con su adversario.

Extraemos unos versos escritos por José Gálvez (1885-1957) en su famosa Oda pindárica a Miguel Grau:

Tú eras la patria sobre el mar, / bajo el cielo / y más allá del horizonte […] ¡Tenías que caer!/ y en un dantesco círculo de fuego¿/ se consumó tu sacrificio cruento,/ ¡Tenías que caer!/ Como en un mito griego,/ se hizo de sangre todo el horizonte/ y se alzaron como unos semidioses/ lo que contigo al holocausto fueron./ ¡Tenías que caer!/ ¡Se hizo de sangre todo el horizonte,/ pero el mar, como nunca, fue color de/ laurel!

Tomemos como verso final, aquello escrito por Marco Martos, paisano del marino eterno, y poeta en plena producción:

Caballero de los mares lo llaman, / gentil entre gentiles, un dechado / de virtudes, piurano muy bien criado, / las multitudes lo veneran y aman. / Nació para vivir en la memoria, / hacerse trama con la misma historia. (José Vadillo Vila)

fuente y foto: El Peruano.